martes, 16 de agosto de 2011

Gabriela Mistral, la poetiza.

Aníbal Fernando Bonilla F.
 
Sus orígenes fueron humildes. Su condición de maestra fue inmanente. Amó a la niñez, tal vez, como una forma secreta de suplir su vacío maternal, aunque, paradójicamente, se refiera a ella como la mayor obra de arte, el oficio que nunca se detiene y el viaje perdurable. Mistral no fue Mistral. Fue Lucila Godoy Alcayaga. Hija de Jerónimo Godoy Villanueva y Petronila Alcayaga. Desde temprana edad se inmiscuyó en la enseñanza a las generaciones tiernas. Desde luego que la literatura fue parte vital dentro de esa soledad que la acompañó como una sombra en constante acecho. Escribió en verso y en prosa. Personalmente tengo profundo apego por su prosa poética; esa mezcla lírica que le envuelve al lector/a con la metáfora fina y con la aguda interpretación de los hechos que desnudan la condición humana.
Según José Pereira Rodríguez, ella: “Escribía como hablaba: con gracia, con profundidad, con dominio de la expresión y con singular atractivo e interés. Por esto, leerla es escuchar el eco inextinguido de su voz que lucía simpáticas inflexiones melodiosas”.
La grandeza de su figura no fue consecuencia exclusiva del Premio Nobel de Literatura (1945), sino de su desprendida actitud en la búsqueda por construir una sociedad justa, solidaria y libre, sin mayores apasionamientos políticos ni enfoques doctrinarios que -a ratos- obnubilan esos fines altruistas, sino con la tierna presencia femenina y la inigualable reflexión intelectual que sobrepasó barreras geográficas, diversidades étnicas, estratos sociales y niveles culturales. Su grandeza radicó en dedicar interminables horas a la formación de los párvulos, de esos “locos bajitos”, en frase de Joan Manuel Serrat. Gabriela creó poesía y, a su vez, trazó en sus días el enigma que determina el verso. Por eso dijo: “La poesía es en mí, sencillamente, un rezago, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesía que hago me lava de los polvos del mundo y hasta de no sé qué vileza esencial parecida a lo que llamamos el pecado original, que llevo conmigo y que llevo con aflicción”.
 
La literatura que caracterizó a Gabriela Mistral tuvo dos enfoques marcados: la que estuvo dirigida a los infantes a través de las rondas, llena de ternura y transparencia melódica y rítmica. En tanto que la otra, ligada con la vivencia individual, en donde se plasma el dolor, la angustia y el desenfado por los sentimientos terrenales. Al respecto, Aída Moreno Lagos afirma: “La obra poética de Gabriela Mistral puede dividirse en dos partes: la que esta escritora ha llorado sus íntimos pesares o ha puesto alas a sus impresiones de la vida y la naturaleza, y la otra, la que ha dedicado a interpretar el alma de la niñez penetrándola con toda su intuición de educadora inteligente para traducir sus balbuceos o sus anhelos prístinos”.

La propia Moreno sentencia que “la modalidad literaria es tan de ella que sus composiciones, aun sin firma, pueden reconocerse. Y de la aparente desarmonía o desgarbo de sus versos, fluye un conjunto armónico tan íntimo y tan puro que el espíritu al percibirlo parece arrodillarse porque en él presiente el advenimiento de la belleza y de la verdad”.

Mistral vio la luz en Chile, como Pablo Neruda -el comunista de los veinte poemas de amor- , Salvador Allende, los integrantes de lnti Illimani, Víctor Jara, Nicanor y Violeta Parra. Fue cónsul de su país en Génova, Madrid, Lisboa, Nueva York, Los Ángeles y Brasil. Por eso se deduce su obsesión errante, otro de los pilares para la creación literaria. Esas andanzas en medio de la desolación y el desaliento. Pero, desde luego, también entre la esperanza y la utopía por una sociedad distinta.
 
“Hablaba pausadamente, sonriendo, y cuando le aparecía el gesto duro de la araucana que llevaba dentro, sus ojos lucían un brillo sorprendente, como si una luz interior brotase de ellos, para desbaratar sombras e iluminar caminos.


 
La fuerza interior le venía de lo indio y lo vasco que había en ella, y que proclamaba jactanciosamente”,  ilustra José Pereira.

Pero la mismísima Mistral se autodefine así: “Soy cristiana de democracia total. Creo que el cristianismo, con profundo sentido social, puede salvar a los pueblos. He escrito como quien habla en la soledad, porque he vivido muy sola en todas partes. Mis maestros en el arte y para regir la vida: la Biblia, el Dante, Tagore y los rusos. Mi patria es esta grande que habla la lengua de Santa Teresa, de Góngora y de Azorín. El pesimismo es en mí una actitud de descontento creador, activo y ardiente, no pasivo. Admiro, sin seguirlo, el budismo; por algún tiempo cogió mi espíritu. Mi pequeña obra literaria es un poco chilena por la sobriedad y la rudeza. Nunca ha sido un fin en mi vida; lo que he hecho es enseñar y vivir entre mis niñas. Vengo de campesinos y soy uno de ellos. Mis grandes amores son mi fe, la tierra y la poesía”.

Esta radiografía existencial es un cúmulo de ideas y preceptos, y, a la vez, de realidades internas. Gabriela Mistral era dulce  e inflexible. Creadora y luchadora. Reservada y henchida de alegría por la sonrisa inicial de sus alumnas.

Una mujer “hecha rudamente, a cincel, tallada de precipicios” a decir de Volodia Teitelboim.

Muchas cosas se han dicho de su intimidad, llegando, incluso, al extremo de especular su preferencia sexual. Como si eso importara a la hora de deslumbrarnos con el trazo perfecto de su adjetivación, o de asombrarnos por ese estilo inconfundible que aportó positivamente a la literatura hispanoamericana, al igual que Juana de lbarbourou y Alfonsina Storne. Es que así son esos enormes personajes que sobrepasan el umbral de la perennidad, sin inmutarse por la infamia que refleja la mediocridad de los vencidos. Gabriela fue brillante, pese a esa infranqueable oscuridad que le envolvieron sus días y su complicado temperamento. “Si no soy más que una pobre mujer que ha padecido, que enseña niñas y que suele hacer un mal verso cada año. Cuando no enseño, leo: me interesa más el alma de los otros que la mía, cuya monotonía me ha fatigado”.


 
Murió en Estados Unidos, tras un intenso peregrinaje, el 10 de enero de 1957. Hoy  queda su rima exquisita, el fruto de la angustia y el temblor de su poesía; “Guedejas de nieblas/ sin dorso y cerviz/ alientos dormidos/ me los vi seguir,/ y en años errantes/ volverse país,/ y en país sin nombre/ me voy a morir”.

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